capítulo 2

INDICACIONES TERAPÉUTICAS

 

2.     La indicación terapéutica se define en las Escuelas: Conocimiento comprensivo de lo que ayuda unido a la comprensión de lo que perjudica, sin experiencia ni analogía. Esta definición no sólo es pésima sino que, además,  se opone absolutamente a los progresos en medicina, pues ¿qué conocimiento comprensivo de lo que ayuda y de lo que perjudica puede tener un médico sin experiencia ni analogía, cuando todo lo que un médico en ejercicio conoce sólidamente ha tenido que proceder necesariamente de la experiencia?   Más aún, si toda la práctica, en lo que se refiere a la curación de enfermedades, se apoya en indicaciones convenientemente determinadas, ¿en qué se diferenciará el médico joven del anciano, el experto del inexperto?  Evidentemente, si es válida aquella definición, un médico desprovisto de experiencia fijará las indicaciones terapéuticas con la misma justeza que otro dedicado durante muchos años al ejercicio de la práctica; más absurdo que esto no puede pensarse nada.  A ello se añade que si la indicación debe excluir a la experiencia, cualquier cosa que haya dicho Hipócrates y se haya establecido mediante pruebas sólidas será completamente inútil en el arte médica para orientar las indicaciones correctamente.  Hemos de concluir, por tanto, que la idea de indicación terapéutica incluida en la definición propuesta es falsa, contraria a la auténtica medicina y se opone al progreso de la misma.  Expondré en pocas palabras lo que pudo empujar a los médicos para que casi de común acuerdo admitieran esta definición en las Escuelas.  Los griegos llamaron Endeixis a la indicación terapéutica, palabra que no se menciona en toda la obra del gran Hipócrates, como tampoco se habla en absoluto de las indicaciones terapéuticas entre los médicos griegos anteriores a Galeno.  Pero Galeno, hombre de gran ingenio, cuando llegó a Roma en tiempo de Adriano y concitó la hostilidad de los médicos que vivían entonces en la Ciudad Eterna, se dispuso a combatirlos sin pérdida de tiempo movido por su afán de gloria.  Y en aquel tiempo, casi todos los médicos (con la excepción de los pocos metódicos) consideraban la experiencia como fundamento de la medicina y, por no poder negarlo, compuso Galeno algo con que oponerse a los médicos que ejercían entonces, e imaginó la nueva doctrina de las indicaciones terapéuticas, completamente desconocida para ellos.  Así pretendió Galeno que un médico debe conocer comprensivamente por la sola filosofía lo que resulta beneficioso o nocivo en las enfermedades, independientemente de toda experiencia.  Determinó que a la luz de la naturaleza es evidente el axioma de que hay que arrancar cualquier enfermedad o de que la erradicación de ésta exige, por ejemplo, que hay que arrancar los contrarios con los contrarios, que hay que combatir lo caliente con los frío y lo frío con lo caliente, y otros semejantes que ya hemos expuesto en el capítulo anterior.  ¿Puede pensarse algo más banal?  Pues todo lo que Galeno pretende alcanzar con la mera filosofía lo reconocen los hombres gracias a la experiencia.  ¿Cómo, si no, sabrían los hombres que los contrarios han de arrancarse con los contrarios, y lo frío con lo caliente, si no lo hubieran aprendido con la experimentación?, ¿hubieran conocido alguna vez que el fuego quema y que el agua enfría de no haberlo conocido tras varios ensayos experimentales?  Por tanto, lo que Galeno llama axiomas filosóficos son reglas experimentales, es decir, sacadas de la experiencia universal, constante, perpetua e inmutable.  Y ¿qué beneficio nos aportan estos axiomas aunque sean filosóficos, puesto que no enseñan nada acerca de lo beneficioso y lo perjudicial en las enfermedades particulares?  Así pues, quien lea el libro de Galeno La mejor secta, para Thrasibulo, y los libros El método terapéutico, para Hieron, y el libelo El pronóstico, para Póstumo,[4] reconocerá fácilmente que Galeno no escribió esta doctrina tan ampliamente extendida sobre las indicaciones terapéuticas movido por un deseo del espíritu, ni por amor a la verdad, sino que urdió ese concepto por el deseo de novedad y de gloria.  Según importa para la formación de los jóvenes, hay que definir la indicación terapéutica:  Conocimiento comprensivo de lo que ayuda, unido a la comprensión de lo que perjudica, por la experiencia y el raciocinio.  El fundamento de la indicación terapéutica verdadera tiene que ser la experiencia, y el raciocinio unido a la experiencia.  Por tanto, para establecer indicaciones correctamente, los jóvenes deben conocer ante todo la enfermedad, investigar sus causas en la medida de lo posible, observar atentamente la naturaleza del paciente, su temperamento, costumbres y actos, averiguar la constitución del año, la edad del paciente y sus costumbres; y, una vez conocido todo ello por medio de experiencias celosamente comprobadas, determinarán con justeza las indicaciones terapéuticas y,  así, descubrirán de la mejor manera lo que puede ayudar o perjudicar al enfermo.  De todo ello se deduce que el raciocinio requerido para la indicación terapéutica no debe ser filosófico, sino experimental; es decir, que no hay que apoyarse en principios filosóficos, sino en fundamentos deducidos de la experiencia, según dejamos claramente explicado en la «Prefación» a los Pronósticos de Hipócrates, sumamente recomendado para lectura de los jóvenes, si pueden, durante su tiempo libre.

 

3.      En lo que se refiere a los tipos de indicaciones, créanme los jóvenes que las deducciones de Galeno son excesivamente vagas en su expresión, puesto que lo que de verdadero comportan es excesivamente general y completamente inútil para el ejercicio de la práctica.  Pues ¿qué puede aprovechar saber que una indicación es genérica, otra específica, otra conservadora, otra curativa, así como otras cosas de esta índole tan ampliamente examinadas por Sennert y por su traductor Rivière?  ¿Qué significa para ellos eso de las indicaciones y sus condiciones, igual que todo lo que estudian sobre los indicados, indicantes y coindicantes, para consumir inútilmente un bien tan estimable como el tiempo?  Rechacen los principiantes tales cosas y ténganlas por palabras de viejos ociosos a jóvenes inexpertos.  Pues sólo hay una idea de la indicación terapéutica, a saber: el conocimiento de lo que puede ayudar a conservar o adquirir la salud.  Este conocimiento gira siempre en torno a lo particular, porque las pruebas en las que se apoya se deducen siempre de los casos particulares como, por ejemplo, de una enfermedad precisa, de una estación del año, de un sujeto particular, etc.  Ahora bien, si el médico tiene en su mente un conocimiento referido a multitud de hombres, con toda seguridad lo ha establecido a partir de observaciones particulares.  Pero, si en la práctica se presentan algunas cosas que hay que hacer y que parecen oponerse entre sí, la propia razón natural indicará claramente que hay que atender a lo más urgente sin abandonar lo menos urgente en la medida de lo posible.  A modo de ejemplo: sea un enfermo tan agobiado por la dificultad de respirar que parece que casi se ahoga y, a la vez, está sufriendo de una debilidad del estómago hasta el punto de que está abocado al síncope por una evacuación cualquiera.  En tal caso, el médico debe sangrarlo de manera que aleje el ahogo inminente, que es lo más urgente, y, a la vez, no desprecie la debilidad del estómago al hacer la sangría, que lo conseguirá sacando poca cantidad de sangre y repitiendo la sangría si fuere preciso en veces alternas, una vez recuperadas las fuerzas.  Pero, como es preciso que se actúe en el orden debido para que quede bien dispuesto cualquier asunto,  en la curación de las enfermedades hay que determinar qué hay que atender en primer lugar, qué más tarde, y qué operación debe ser antecedente y cuál consecuente.  A modo de ejemplo: si se presentan simultáneamente la necesidad de sacar sangre y la de purgar los humores, el médico debe hacer la sangría antes de purgar.  Todo ello, y otras cosas de este género que suelen presentarse en la práctica, se conocerá teniendo por guía la experiencia misma, sin que pueda saberse de otro modo; por lo que cualquier doctrina sobre las indicaciones terapéuticas no tiene que separarse nunca de la experiencia racional.  

 

 

Fin del capítuo 2